Javier Ramírez Viera
Javier Ramírez Viera

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Las
Palmas de Gran Canaria, España.
2010
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Capítulo primero
Soy Pappla Btha, trigésimo quinta heredera al trono de La Gragria, si acaso llegase esa mezquindad y hubiese para mí un consorte que, empuñando sobretodo su locura, hiciese frente a la sed de poder de los nobles de este reino de conspiraciones y mentiras.
Se deduce por mis palabras que no quiero ser reina. Eso lo dejo para mi amiga y señora, Mamoreta Liyena. Ella tiene mayor yugo que el mío, pues es la verdadera princesa de esta corte, la que un día podría sentar sus posaderas en el trono.
Pero prefiero hablar de mí. Porque pinto menos en título, pero más atención me tienen los hidalgos y oficiales de palacio que buscan de esposa. Porque soy un problema menor... Sólo soy una cortesana para las labores y entretenimiento de la futura reina, de cierto abolengo pero de familia desgranada por envenenamientos, suicidios y hasta acuchillamientos. A Dios gracias, el Rey se apiadó de mi casi adolescencia de entonces y no permitió que ningún noble me desposara tan joven, apenas en mi décimo primer aniversario, acogiéndome en su casa para educarme con su única prole, su hija. Y poco le agradezco al truhán porque, si acaso en mis venas ya hervían aquellas mismas malas intenciones de los míos que los llevara a desaparecer de la faz de nuestra plana tierra, y en mi mente las diabluras de unas vivencias tan fatales como presenciar la asfixia de mi progenitora a manos de su amante y tras su último coito, que sus aguerridas manos se deslizaran siempre debajo de mis faldas no ayudaba a consolidar mi amor por el mundo.
Eso sí, en las últimas ocasiones sentí placer. Ahí nacía la verdadera Pappla Btha.
Por cierto, para los más curiosos y amantes de lo mundano, por fe de mi origen noble, mi nombre, el de boca de todos, Pappla Btha, no es más que un diminutivo. El verdadero es Pápea Advertina Pasca Pálea Linerata Abea de Buta Thecla Heva y Amagilda. Honores a abuelas, bisabuelas y tatarabuelas que acaso conocía por los retratos de la hacienda de mis malogrados padres. Ahora ya no recordaría las caras de esas viejas.
Ojala fuese pelirroja como Mamoreta. Pero no, el más recio luto hace honor a mis cabellos. Eso sí, de día, a pleno sol, la gente cree verse en ellos. Y no tanto admiran el interminable trenzado y los diabólicos tirabuzones, como hay curiosidad en mis senos, unidos en explosión en prominentes escotes, aptos para mostrar los atributos femeninos, al tiempo que las verdaderas capacidades como futuras madres amamantadoras que algunas podemos llegar a ser, cosa que no es mi caso… al menos, por deseo propio. Y es famoso, mi par, porque en él, bueno, en el pecho derecho, nació la huella de mi padre en forma de una mancha parda casi del tamaño de una ciruela. Una malicia que, en la distancia, y no tanto, a muchos engaña para hacerlos pensar que se me está viendo un pezón. Si la gente supiese que esa tachadura brincó de la nalga de mi progenitor a mi mama, muchos olvidarían la idea de querer hincar el diente en ella. No me pregunten porqué sé lo de la nalga, pues el ser ávida para captar en el aire ese peculiar olor del sexo ajeno, y más despierta aún para echar el ojo a las bocas de las cerraduras, me ha permitido aprender de la vida muy aprisa. Ya dije que presencié a mi madre morir de manos de su amor secreto... Yo no estaba allí, sino tras la puerta, mirando a través de la cerradura. Esa soy yo, la que ve. Lo ve todo. Y, sobretodo, la que le gusta lo que ve. Porque no hay orgasmo en palacio que no hayan recogido mis ojos, esos para con unas pupilas verdes de gato que a muchos dan miedo y a otros atraen, pero que las beatas del lugar aseguran son obra del mismísimo demonio. Y ese demonio, creo yo, lo llevo entre las piernas, porque me pica de día y de noche. Sobretodo de noche, para regalarme unas malditas ansias de rascar con un hombre.
—¿Mamoreta...?
Y así buscaba yo a aquella chiquilla, esperando verla romper sus votos al abrir la siguiente puerta, desvirgada por algún muchacho de la guardia, por el hijo del carpintero, por el mozo de cuadras... Asomé la cabeza con una timidez que en realidad no tenía por la puerta de la Sala Fortuna, que era de dos hojas, como todas las de palacio. Por ello abrí sólo una, una puerta siete veces más alta que yo, pero cuya perfecta obra de carpintería y equilibrado la hacía manejable con un solo dedo. Así era todo en palacio, seis o siete veces más altivo que lo normal en toda casa y mucho más complicado y grandioso de lo visto incluso en algunas elegantes mansiones. Y no solamente en proporciones y ejecución sin tacha, sino en elegancia, lujo y pomposidad. Si había un reloj, tendría infinitos engranajes de oro, ornamentos y pinceladas de artista en toda su forma, seguramente de una madera o bronce de perpetua calidad. Si era un cuadro de La Familia, de la antepasada, la actual o de primos, tíos o sobrinos, los individuos retratados aparecían a tamaño real, en un fondo de proporciones empero irreales y de un carácter más idílico de lo natural, ya que si el entorno de la obra era el jardín, las flores eran más vivas y la infinidad de las áreas casi infinitas... y si a los pies del Rey había un ciervo abatido, éste tendría los cuernos el doble de grandes de lo que nunca un cazador pudo encontrarse.
Tampoco encontré a Mamoreta en la Sala de Café, en el Auditorio o en la Pequeña Terraza. Como solía, con las manos cogidas en el abdomen buscando un recato imposible en mi mirada, sin que la infinita campana de mi elaborado traje apenas dejase notar el ritmo de mis caderas recorrí los pasillos de palacio con las prisas de una mecha encendida, haciendo la reverencia a cada cruce con una semejante, o con un mayordomo o la guardia. Y debía ser rauda, porque mejor yo para pillar a Mamoreta haciendo el amor que cualquier fraile o monja, que también solían pulular el palacio. Y estaba segura de que era eso lo que tentaba en la vida la joven porque había crecido conmigo, y esos ardientes deseos se pegan. Yo había sido su profesora en la oscuridad, dentro de un armario a la luz de una vela para leerle primero algunos romanceros sin pícara gracia, pero amores... para luego rematar aquella cabecita, la cual se empapaba como una esponja de todo lo carnal, con uno de aquellos libros prohibidos que los religiosos habían confiscado en el monasterio para su estudio como herejía; menuda panda de bribones.
Entre los sinvergüenzas que en realidad me gustaban a mí, los soldados de la guardia, como un vendaval crucé el patio de armas, terminando mi periplo en las cuadras. Y no fue casualidad que me decidiese apostar por aquel lugar para hallarla, sino que en una leve iluminación de mis ideas me acordé que hoy iban a emparejar a uno de los sementales del Rey con la yegua más paridera de la corte. Por eso cierto revuelo, apenas con los entendidos de los animales, otros de la labranza y un oficial del ejército para ser testigo de la monta, porque seguramente el resultado terminaría por engrosar las filas de corceles de guerra o de la guarnición de palacio.
Esa malicia que yo ya había transmitido a Mamoreta me hizo no buscarla entre los oficiantes. Ella quería algo más que ojear al asunto. Lo quería hacer en la intimidad. Era en un lugar improbable donde habría que buscarla, de manera que no tuve más que circundar los mamparos para hallarla tras el entablado contiguo, al fondo, oculta tras una enorme pila de paja en pacas, con el ojo avizor colándose por entre las rendijas de la madera. Del otro lado, como comprobé antes de molestarla, mirando a través de otro roto en el entablado, que hallé de forma improvisada, distinguí al mamporrero en sus labores, atendiendo el miembro viril del semental para estimularlo.
Buena aprendiza, deduje, y tomé lugar junto a Mamoreta, que al verme llegar se hizo atrás, se dejó caer de espalda en la pared y me cedió la vista. No la desprecié, mientras ella parecía fuera de sí, con la tez blanca convertida al rojo, a punto de explotar como sus bonitos rizos de calabaza. Hasta las pecas de las mejillas se le confundían con el rubor. Sus otros ojos verdes, ahí sí que ambas nos parecíamos, no me los mostró al principio, sino que los mantuvo ocultos mientras respiraba ansiosamente, haciéndose los destellos en su sudorosa piel.
Aquellos doce años de pura necesidad pronto cogieron mi mano, la de una chica de dieciséis, y lograron que entrasen donde nacía toda aquella “maldad” que la corrompía, donde su vagina sin estreno, afín de que mis dedos hicieran las veces que a menudo ella imitaba con alguna rama de perejil... sin penetración. Sólo las caricias; por las noches las monjas le hacían el tacto de la virginidad y debía aprobar ese examen... Sólo la punta de los dedos, para que mi amiga se retorciese como una serpiente enroscada en un brazo. La impresión del coito entre animales ya estaba impregnada en su mente, de manera que ya no necesitaría nada más para disfrutar de lo más fuerte y prometedor que había sentido en su corta pero restringida vida: el sexo.
Sólo una coz de la yegua a las tablas la despertó, para enseñarme esos ojos de iris perdidos, distintos... Ya no era ella, sino el placer, el tonto y mundano placer que podrían dar mis dedos, una deficiencia que no hacía más que avivarla a querer investigar y luego hallar un día el semejante al equino semental, el mismo derrotero que unos animales sin más casta que ella pero que disfrutaban de ese privilegio con toda aceptación y deseo de sus amos. Ella quería llegar ahí, empero con un hombre aún más viril que guapo.
Mamoreta nunca llegaba a desvelarme si llegaba al final de su periplo por los sueños, o acaso me retiraba la mano porque ya no podría aguantar ni un segundo más. Desde que un día, en lo oscuro de la bodega, o en el mueble de la loza —ya no me acuerdo con certeza—, probáramos el satisfacernos de esa manera y hermanadas por nuestro mal, siempre mi señora terminaba sus vicisitudes con un fuerte empujón, retirando mi mano como si acaso fuese un brasero. Luego mis dedos terminaban lubricados, sucios de las porquerías de su bajo vientre.
…Que no contara con ella al menos hasta pasado el primer minuto tras su pecado. En ese lapso de tiempo aún no era persona, sino un fatigado muermo incapaz de articular palabra mientras aunaba fuelle. Por ello, con profundidad la miraba con recelo y envidia, empero asimismo con cierta alegría por la certeza de que con esa magnitud orgásmica la princesa iba a disfrutar de una vida muy feliz.
Luego no faltaba que me aferrase la mano, la misma de sus deseos concedidos, y la besara como si acaso le agradeciese a Dios que le hubiese obrado el milagro de devolverle la vista. De hecho, era una mano sanadora, capaz, en este caso, de devolver la cordura a una muchacha loca de atar. Como un exorcismo. Por entonces yo ya la había limpiado en la paja, en los manteles, en la pared o los libros... Era fácil para un perro seguir nuestro rastro por palacio. Sin embargo, seguro que ella olía algo de su ser en mis dedos porque los mantenía en su cara cierto tiempo, terminando su comunión con todo aquello de los bajos humanos besándolos por última vez. En ello, hoy mi siniestra había quedado al desuso, tras que no la buscase para metérsela en la boca a la par que mis dedos hacían obras de arte en su vulva; puro instinto, pues aún no le había hablado de esas peripecias, guardando lecciones para el futuro y así lograr que Mamoreta no perdiese el interés en mí… que la historia de La Gragria estaba popularizada por despiadadas reinas que habían dado muerte a este y oeste de su propia corte, por lo que era sensato ser imprescindible en los buenos recuerdos, ser inmortal por la adquirida y bien fraguada dependencia por mí y a través del fácil morbo de ese aún ensayo de mujer.
De la mano, siempre las manos, ambas nos encaminamos satisfechas y resolutas hacia el patio de armas, el del medio en toda la vida de palacio y de camino a nuestras dependencias, con una sonrisa y una alegría. Hermanas casi en todo... Compartíamos la misma pasión, la que cegaba nuestro empeño y la voluntad de los profesores que nos pretendían calzar los conocimientos de geografía, ciencias, matemáticas, idiomas... Y si acaso atendíamos las clases de esta última, de lengua propia y extranjeras, al menos aquellas de interés comercial e histórico para nuestro reino y futuro cargo en la corte, siempre la volcábamos en el descubrimiento de palabras de amor e invitación al sexo de boca y timbre de otras razas y pueblos. Por matemáticas, acaso contabilizar los orgasmos de una noche o los amantes que tendríamos en vida. De ciencias, sólo la relativa al amor... Por geografía, de dónde eran los hombres más varoniles... mandarlos a buscar... elegir la guardia de palacio de entre los muchachuelos de aquel pueblo más floreciente en retoños, que acaso atraía a los monjes para bendecir y bautizar semejante prole del Señor sin pensar acaso que la multitud acaecida no era otra causa que el desenfreno de las noches de invierno; un pecado bajo firma y derecho, pero pecado incluso.
Porque la vida debía correr sus minutos alrededor del sexo... De la procreación, si se quiere. Era muy grande el impulso y no se nos podía antojar otro motivo para que el ser, humano o no, estuviese vivo.
De muerte fue el susto que nos dio el padre Heinola de Sigena, cuya presencia descubrimos al entrar en palacio por una de las puertas de la servidumbre. Era la cocina, sin cocineros, sino trastos y legumbres en la mesa, seguramente huidos los serviles por aquella intromisión de negro que imitaba a un lienzo pintado por entero de oscuro, que era su interminable hábito.
El padre... no hacía falta que semejante faz de buitre nos acechara desde la rama de un árbol para que sintiéramos su mortífera mirada en nuestros cogotes al uso de quien quería descuartizarnos, aparte de fiel representación de esa horrible ave por su testa provista apenas de mínimos hilachos blancos que no escondían una buena calva en manchas pardas. Él era como los muebles de palacio, altísimo, observador del mundo desde los Cielos, como Dios Padre. Todo hombre quedaba bajo su barbilla, y aterrorizado de aquellas cuencas bordeadas de pliegues y piel oscura por donde el entrecejo, una cornisa que escondía dos ojos negros como la noche, que acaso no era fácil adivinar si miraban o consumían las almas; se decía que se habían quemado al mirar al Diablo en persona, haciéndole frente en defensa del honor de los pueblos bajo su fe religiosa.
En todo, aquel hombre hecho de huesos más que de carne anteponía esas leyes sobre mujeres y princesas, pues, antes incluso, lo hiciera con su propio Rey; ahora las petrificadas éramos nosotras, cogidas aún de las manos, sabedoras de que llegaba su juicio. Y, deseoso de romper ese vicio nuestro, sospechado desde su nariz de loro capaz de olisquear el pecado desde el otro lado del mundo, acaso primero rompió nuestro lazo de manos para olisquear la de Mamoreta. La princesa temblaba, ante una afrenta semejante. Bien sabía el religioso qué maldiciones atesorábamos, de manera que de seguido aferró las mías y, en especial, olisqueó la del pecado.
No había manera de denunciarle, ni acaso él tenía una certera prueba que mostrar a los suyos para hacerles saber de nuestras inmundicias. Porque en realidad Heinola de Sigena no estaba haciendo nada aparentemente indigno, sino oler aquella mano y a saber qué interpretaba de ella. Tampoco podría llevarla a juicio ante la ley religiosa porque le preguntarían acaso cómo sabía que ese olor era el de la tentación, o acaso cómo se atrevió a imaginarlo allí y luego acudir a percibirlo. Y, sin embargo, el religioso lo disfrutó largo rato, cerrando incluso los ojos tal cual hiciera Mamoreta antes que él en su éxtasis; de hecho, los de su calaña rondaban monaguillos y huérfanos, aunque hubiera que callarlo.
No hubo palabras. Sólo un secreto a voces que nadie denunciaría.
Al fin, mi mano se me fue devuelta, momento en que pudimos salir de allí casi a las carreras. Atrás quedó el Infierno, que acaso sabíamos rondaba nuestra casa buscando el desliz que nos llevara al patíbulo.
Capítulo segundo
Cada mañana una historia nueva que contar. Aún no habíamos llegado al almuerzo y mi futura reina me tiraba de la lengua para que la pusiera al día de todo cuanto acontecía en la corte. Y para nada de asuntos políticos o burocráticos, sino de tramas carnales. Sus ojos estudiaban los míos en busca de esa chispa mágica que reviviera en mis pupilas todo cuanto habían percibido, como mirarse en una fuente mágica. El aparentemente infinito jardín nos acogía en nuestras propias faldas y bajo un inmenso árbol, siempre el mismo, y ni los pájaros que cantaban en él podían dejarse oír para con aquellos oídos que sólo esperaban de mí las diabluras de mis labios. Un abrigo fresco capaz de intentar acallar el sofoco de sentir las pasiones del sexo... empero sólo era eso, un intento. Aquel era otro de nuestros particulares refugios, quizá el más osado. Y sobretodo perfecto, porque si acaso algún religioso no se hiciese escondido entre sus ramas, el amplio abierto de hierba y flores suponía que cualquier testigo de nuestras charlas tuviera que sorprendernos con la misma facultad que un topo, acaso asomando la cabeza desde bajo tierra. No habría otro modo. Y no había, empero, posibilidad de malos gestos y otros agravios, pues seguro alguien, siempre alguien, nos vigilaba desde la distancia, quizá desde las arboledas distantes o desde palacio... pero sí que podíamos hablar de viva voz e incluso reír.
Aquel lugar era, pues, entender la libertad:
—Hoy comeremos sudor y líquidos malolientes, Mamoreta —la confundí, pero enseguida me abrió los ojos con mayor brío y tuve que explicarme del todo: —Hansell, el cocinero, ese asqueroso gordo de bigotes rubios, anoche hizo un trato con una de las hijas del jefe de caballerizas. La había pillado fornicando con uno de los chicos de la guardia, ese tal Péter, y la chantajeó para obtener su silencio.
—¡Cuenta, por Dios! —y mi princesa me aferró las manos. Yo, por mi parte, hice un absurdo gesto de mirar los alrededores.
—Esta misma mañana, al alba, antes que nadie entrase en la cocina, los bufidos y quejas de ese cerdo le avivaron a entreabrir la puerta. Y allí estaba la chica, sepultada por aquella grasa, tendida patas arriba como una indefensa tortuga mientras el de nuestros bocados se satisfacía.
Mamoreta resopló, negando luego con la cabeza; la chica no era nueva en ello de dejarse fornicar, pues algún que otro trajín tenía aparte del de la guardia. De hecho se edificaba cierta fama, paradójicamente a la inexplicable ignorancia sobre ello de su aguerrido padre. Y bien sabía el cocinero que podía ultrajar a sus aires, que sus platos los soñaba el rey día y noche y por mucha deshonra que hubiese si acaso el entuerto saliese a la luz, de cruzada o en casa, que Su Majestad estaba fuera por motivo de las guerras, no abría verdugo alguno que osara negarle de por vida al monarca sus codornices en salsa. Ahí estaría el indulto. Luego no para la joven, que pretendía mantener todos los dientes en su sitio y cualquier aberración con el gordo seboso antes que el ridículo en la casta de su familia.
—Lo mejor aún no lo has oído —la entusiasmé. —Estaban trajinando sobre la carreta de las verduras. Se revolcaron en ella como quinceañeros en la paja de un establo. Ella sin ansias, desde luego, pero fingiendo como mujer que es. Y vi claramente los sudores y olí las pestes, mi señora; esa salsa será la nota de la guarnición de los platos de hoy, lo juro.
Un gesto diabólico capturó a Mamoreta cuando su imaginación empezó a volar. No era otro que aplastar su labio inferior con el dedo índice, en un particular que terminaba por dejar resbalar una uña dentro de la boca para ser mordida. Era un hacer habitual en mi discípula, que declaraba intriga y perversión. Seguro se encomendaba a la idea de saborear con tenacidad cada bocado de las patatas y lechugas de hoy, buscando la quintaesencia del amor. Quizá algo de esperma, que acaso hasta científicamente debería clasificarse como la esencia misma de la vida. Ella y yo concretábamos que debía ser un líquido mágico, tal vez hasta con tintes divinos. Como si Dios le hubiera otorgado al hombre un poquito de su poder para que él mismo poblase la tierra. Ya en alguna ocasión sopesamos que incluso beberlo podría rejuvenecer a las afortunadas menos convencidas por el clero, que acaso calificaba el perseguido moquillo como una esencia que no debía ver la luz, sino trasvasarse de hombre a mujer en la intimidad. De hecho, algunas brujas o supuestas brujas habían ardido ante nuestros ojos por practicar ese ritual.
—Anoche estuve con Petra... —cambié el tema, aunque en esencia seguía siendo el mismo.
—¡Oh, Pappla! ¡Eres tan osada!
Hablando de brujas, Petra era una de esas que debía usar sus artes en la brujería para aún no haber sido condenada a muerte. Se escondía en las sombras y a veces se la podía ver hasta por los alrededores de palacio cogiendo raíces para sus ungüentos, pero misteriosamente la gente no parecía reparar en ella. Sí que contaba quizá con el beneplácito de todas las mujeres del reino para seguir practicando sus misteriosas actividades, pues no había otra matrona de partos o doctora de abortos como ella. Aparte, muchas jovencitas osadas, capaces de éste y aquél amor a escondidas, acudían a ella para la lectura de cartas, el examen de orina en un cuenco de madera y a la luz de la Luna o acaso el mechón de pelo del jovencito al que llevar al altar. Quizá la tía de todas y cada una de las mujeres, la que cubría las espaldas a todas las perversiones y actos que el clero perseguía.
—Hablamos de las cruzadas de tu padre...
No parecía buen tema de conversación. La guerra... Papá fuera de casa, desde hacía ya casi tres años. Seguramente, uno para llegar hasta las Tierras Malditas, dos o tres para guerrear y otro de regreso. Dolía que se hubiera llevado a los más gallardos soldados que dieran las madres de La Gragria. Por lo demás, acaso la intriga de que había ido a combatir la lacra de este mundo, que no era otra que los seres fantásticos que habitaban aquel otro continente, tan distante como acaso debería estar el Sol, sólo que se llegaba hasta él por mar, o por un paso helado que cierta milenaria escritura detallase y para el brillo en los ojos de nuestro monarca, cegarlo y de cabeza al divino cometido de exterminar a las injuriosas razas.
—¿Qué tiene de interesante aplastar duendes con los pies descalzos? —dudó mi princesa.
—No es como matarlos, Mamoreta. Petra sabe del amor entre criaturas...
Otra vez mis manos volvían a ser aferradas, tras que ante la primera trama mi señora cayese hacia atrás y apoyase su espalda en el tronco del árbol.
Continué:
—Petra ha estado allí... Son sus orígenes... Hablo de mucho antes de que los humanos declarasen la guerra a las criaturas. Ella viajaba con su padre, que era mercader. Y vieron... vieron mucho... Y su padre disfrutó también.
—¡¿De hadas y sirenas?!
—Espera, no tan aprisa... Sí, ese hombre yació con criaturas —y sólo tenía que ver el oleaje del pecho de mi señora para concretar que sus ansias volvían a volar. —No es la primera noticia de una conjunción entre humanos y criaturas fantásticas. Ya te conté una vez que los piratas solían capturar sirenas y obligarlas a practicar felaciones a cambio de devolverlas sanas y salvas a mar. Ya sabes de aquél de esos bastardos que intentó penetrar una de ellas y perdió parte del miembro en lo abrupto y cortarte de las escamas.
—¿Con quién...? ¿Con quién estuvo el padre de la vieja Petra?
—Espera... Ya te conté asimismo de cuando los soldados de la primera cruzada capturaban a las hadas y las metían en pequeños frascos, para luego introducir en ellas el miembro y permitir a las diminutas pero hermosas mujercitas aladas que dieran de mordiscos y patadas de pura rabia a sus captores. Creo entender que eso es un placer.
—¿Y...?
—Pues que el mercader solía comprar hermosas elfas para la venta en el mercado de esclavos del sur, antes de que tu abuelo obligase al exterminio masivo de criaturas en esos desiertos, harenes y oasis perdidos. Claro estaba que las vendía como carne virgen, a pesar de que se las aprovechaba día y noche a capricho. Imagínate qué virtuoso ese repugnante desdentado, con media docena de las más hermosas criaturas del mundo, de piel de porcelana y cabellos sedosos, delicadas flores, soportando en el silencio aquellas penetraciones. Porque Petra seguía con atención los actos de su padre y lo espiaba, para ver que aquel malandrín soportaba hasta sesiones con todas y cada una de ellas hasta cinco veces al día. Imagina cuánto deshonor en una travesía de meses hasta la zona de venta, convertido en un peregrinaje de casi el año por motivo de tanto hacer el amor.
—¡Dios...! Pero... ¿cómo las podía vender como puras, pues?
—Ah, eso es lo que no sabes. Eso es lo que tú y yo desearíamos tener... Imagina que los cazadores de criaturas las penetraban primero, luego el mercader... y de ahí a los mercadillos con el himen en perfecto estado. Y el suculento comprador de esos bienes carnales glorioso de su hallazgo sin saber que las elfas son tan puras y honestas que sus bajos siempre mantienen el divino tacto de Dios, a pesar de que mil demonios tienten destruirlo. Por esa misma divinidad esas señoritas de eterna juventud se mantienen inertes mientras se las abusan... Incluso en brazos de sus amantes; su imposible belleza hace que los hombres las deseen, aunque sean los peores amantes imaginables.
Mamoreta no podía creerlo. Odiaba, como toda adolescente de buena cuna, que las monjas le examinaran rutinariamente buscando en ella el pecado, ese que para ella le daba motivo para seguir viviendo. Ojala fuera elfa y su mercader, al menos, pues la espera se le estaba haciendo eterna.
Por eterno, esa no era la capacidad de los testículos de un varón. Si acaso ese contenido tenía que ser expulsado con tiempo antes de que el hombre se volviese loco, la mujer debía recibirlo antes de morir de un infarto. Mi siguiente cuento venía a juego con las dudas de mi princesa sobre cómo aguantarían los soldados de La Gragria tantos años sin sexo allá en las cruzadas. Máxime si había que pensar que esta ocasión parte del clero había partido con el vasto ejército de idealistas.
—Petra sabe cómo nuestros soldados mantienen la lozanía al estar lejos de sus esposas y prometidas —continué. —Nuestros frailes lo saben pero callan porque lejos de la casa de Dios están expuestos a tentaciones diabólicas. Mucho cuento, quizá, contó Petra. Pero lo cierto es que el ejército recala en cierta isla del otro lado, más allá del paso del ártico, donde aún habitan humanos, en especial prostitutas que hacen próspera vida acompañando a las tropas a intervalos y por añadas según duran las cruzadas y otras guerras. Son como el alimento, y de ahí que hayan partido con tu padre varios cofres de monedas de cobre; son el pago por cada coito para con cada infante.
Mamoreta resopló... Un trabajo interesante... Muy tentador dejar palacio algún día y acabar el periplo en una taberna atendiendo varones. Las había con suerte... aunque quizá mi futura reina debería recapacitar y percibir que toda cortesana de bajos fondos, pese a la bendición del esperma aparecía demacrada y de triste vida. A ello, alguna vez mi audaz amiga había respondido que eso era porque ponían remedio a la comunión completa de divina esencia y cuerpo por el temor a quedar encintas.
Quizá tenía razón. Ahora bien, lo que ni siquiera sospechaba Mamoreta era que el clero se permitía en otras tierras hacer uso de su pene para otros menesteres distintos a los para ellos permitidos en La Gragria, donde el dominio del Señor. Porque también eran hombres, y seguro ese líquido vicioso los angustiaba y convertía en espías del disfrute y derroche de esperma de otros hombres aquí en el reino. Allá seguían predicando, pero se les veía mejor cara una vez se dejaban influenciar por el demonio, capaz de habitar con harta facilidad los cuerpos femeninos.
—Y tengo otra nueva... Esta te va a parecer fascinante...
—¡Cuenta, te lo ordeno!
—Tu padre te envía un regalo para las fiestas de verano. Va a enloquecer al verlo...
—¡¿Qué?! ¡¿Qué es...?!
Mi silencio no tenía cabida, figurado por mi princesa. Tanta era su ansia de saber que acaso que yo cogiera aire para hablar le parecía una espera demasiado larga. Incluso me apretó tanto la mano que me causó dolor.
—Un presente para el pueblo y para ti... Lo traen de desde el año pasado. Una hechicera de la costa está en contacto con Petra a través de palomas mensajeras... Es grande y peludo...
—¡Oh, Pappla! ¡No des más rodeos o te mandaré cortar la cabeza!
Sin embargo, jamás dejaría de crear esa dependencia de mí. Allí la viciosa por primero era yo, y mi princesa la aprendiza y en tales casos la subordinada. Así también yo era la que jugaba hasta con la muerte, capaz de reírse del mismísimo Señor de los cielos en su cara. Por eso aún titubeé:
—Ese el de la jaula grande... Los de la pequeña son otro cantar...
—¡Habla maldita! —y no recibí una cachetada porque no se me podía dañar la lengua, que caso debía soltar lo que aún enredaba.
—Mamoreta... Traen criaturas, mi señora. Tres... Traen tres...
Capítulo tercero
Había algo especial en Bobera Leinata que clamaba a mi futura reina a que fuera ella quien la frotase en el baño, mientras las demás doncellas se afanaban en manicura, peluquería y atuendos. Y era de comprender porque quizá Mamoreta Liyena tenía tan amplio el sentido del amor por los cuerpos, del sexo, que hasta entendía que aquella campesina de mirada al suelo y voz humilde y poco escurridiza era la criatura más hermosa jamás hallada sobre la faz de la Tierra.
En ese particular triángulo de hembras, donde mi princesa se hallaba en la cúspide por motivo de su título, por mi parte había un muy cierto recelo del interés de mi señora por aquella deidad de la carne, floreciendo a pasos agigantados en mi mente asesina la envidia por aquellas otras tetas tan lisas y conformes que simulaban ambas perlas marinas. Luego el cabello de mi ama era bonito, el mío juguetón... y el liso recto al suelo que nacía de aquella cabecita entre menuda y graciosa una cascada de ébano, el disgusto de los mejores trajes de seda de palacio. Luego era virgen, apenas una criadera de pollos, que no hacía ni el año atendía las labores de la corte por cuanto nuestra nodriza Bibietha Antaya la seleccionase a dedo de entre una multitud de candidatas pueblerinas.
Yo seguía con atención las manos de la lavandera de mi señora por cuanto éstas se introducían dentro de la bañera de porcelana, donde la intimidad y misterio de las profundidades ocultas por la espuma. No quería que nadie me quitase el papel de única gesta sexual en la vida de mi princesa. Ésta, a veces necia, disfrutaba de cada resquicio imaginable del ser, cualesquiera que fuese posible, entre una criatura y otra, aunque fuesen de distinto sexo, con la pena de que no había podido intimar con la hermosura que la frotaba por motivo de que era toda una pared que no se dejaba invitar a negligencias. Tampoco habría descaros en aquella sesión, curtida de sirvientas atendiendo como afanosas abejas los menesteres de la heredera, más protocolarios y culturales que realmente deseados de nuestra ama.
Era un momento solemne cuando por fin Mamoreta se ponía en pie y aquellos pezones rozados apuntaban las dos esquinas de la habitación, más erguidos de placer psicológico que del estruje del agua y jabón. Luego enseguida caía sobre ella una toalla y la encumbrada de honores pasaba a un diván donde se le terminaban las uñas y los cabellos; habría clase con los frailes, un suculento almuerzo y luego la fiesta del pueblo, conmemoración de la primavera y hora de comenzar las cosechas. Debía estar radiante... Debía estar princesa.
—Me encantaría emparejar a Bobera Leinata con uno de los guardias —me susurró mi señora, tentando los mil demonios al hacerlo aún allí, rodeada de oídos. Lo hacía en voz baja, y sólo las mundanas conversaciones de las doncellas la permitían cierta reserva. —¿No crees que sería una buena idea?
—¿Y cómo cree mi señora que lo conseguiría? —dudé.
—No lo sé... Pero se supone que soy la futura reina. Debería obedecerme en cuanto la dictara. Y mis ansias me dictan a mí que quisiera ver a esa belleza haciendo el amor con un galán. Con un bruto, quizá.
—No sé si está permitido ordenar eso, mi señora.
—Sí, un bruto sería mejor... Sería más placentero para mí —se deshizo Mamoreta, dejando de oír, ver y sentir a la idea de uno de aquellos momentos clandestinos donde yo la satisfacía, empero en ese establo, desván o mazmorra compartido ahora con un fuerte hombretón de pocos prejuicios y Bobera Leinata desprovista de ropa y negación suficiente como para que se obraba el milagro. En ello mi princesa se hundiría en detalles, rondando la pareja en su trajín cuasi con el deseo de hacer uso de una lupa. Tal vez hasta me pediría que la entregase mis dedos, como solía ocurrir cuando el Infierno de su corazón la abrasaba.
—No creo que esa cría comparta nuestra visión del mundo, mi señora —la quise hacer desvariar. Sobretodo que rechazase la idea de que aquella mujer, pese a semejante, tenía otras aspiraciones en la vida; era puritana... hasta tonta. —Quedaría encinta enseguida... Lo sé porque las innatas al amor se quedan enseguida, para su desgracia. Nosotras, las ávidas, soportamos esos males e incordios con nuestra malicia; Petra apoya a las nuestras, señora.
—No, no... Me da igual que la chica se arruine. Es lo mismo que Bibietha Antaya la expulse con la vida en su vientre a un mundo de perros, deshonrada, y que el padre Heinola de Sigena la maldiga en público. Un futuro peor es el mío, con este calvario que vivo.
—Paciencia, señora... —y, acto seguido, por instantes me quise morder la lengua, tarde, y darme de cabezazos en la pared. Por algo los frailes insinuaban la necedad de las mujeres, que eran el complemento del macho, solamente, y que éste reinara el mundo con su fornida sabiduría de palos y coitos como reprimenda de mujeres torpes, que acaso usan la voz para esgrimir pocas armas de talento. Por algo los varones decían que lo nuestro eran las carnes y la cría de hijos. Porque entonces entendí que mi necedad me había hecho desatender la oportunidad de quitarme de en medio a una enemiga. ¿Acaso su belleza me había hecho desearla en palacio, aunque sin miembro para mí tuviera el interés de una rana? Quizá hasta el Diablo es tonto a veces y yo anduve poco lista, pese a la riña al mundo que llevaba siempre en mente: —Buscaremos el momento, mi reina —acerté a decir. —No sé si habéis visto el amor de ciertos frailes por esta doncella...
—¿De quién hablas, en especial?
—Vergüenza tengo de haberos inculcado tan poca malicia, mi princesa. Porque ya sabéis que el padre Heinola bebe de vuestros recuerdos. Os huele, desde luego. Pero os falta saber que Bobera Leinata crea pasiones en el padre Viririsluca.
—¿Esa vaca inmunda?
—Pasión es poco. El cielo por el que se arrodilla a pedir clemencia se torna de rosa cuando el religioso la ve. Sólo hay que atender su mirada para delatarlo.
Dos palmadas y el mundo dio un revés. La charla quedó ahí, interrumpida. Esa era la intención. Bibietha Antaya, nodriza de la corte para con las señoritas nobles o plebeyas, mataba el uso de las lenguas, a todas formas seguro que necias. Era común que allá adonde fuese se hiciese ese silencio. Era el par del padre Heinola de Sigena, sino que en su vertiente femenina; no se podía concretar si podría ser peor, puesto que al menos al fraile se le podía embaucar con el sexo. A la estatua de hierro que era ésta, la cual nos podía incluso dar de azotes, que hasta ahí llegaba su osadía, ni bonitos ni feos, ni pasiones o romances le cambiaban la cara. Ésta asimismo de ave de rapiña, si bien con dos ojos azules propios de esta corte de demonios. Luego una nariz que se adelantaba a su figura, un auténtico garfio, barbilla alzada y labios apretados, casi como con ganas de escupir. Y, pese a que no había sido nunca del clero, sus ropas se asemejaban a las telas de las dos monjas que, cual progenie a la pata, siempre la seguían. La madre Ívira y la madre Tecla, otros dos engendros que al mundo sólo habían mostrado las manos y las caras, enfundadas en sus eternos hábitos. Eso sí, al mundo habían mostrado ya que con ellas no se jugaba:
—¡Perras nacidas de un mal retozo! —maldijo Ívira, a la vez que su similar tiraba del cabello de alguna que hasta ese mismo momento sólo había temblado, empero se la habían cogido mirándose las uñas, pintadas con el rojo de la futura reina.
—¡Os falta maldición para manejar a estas bárbaras, mi princesa! —la arrolló Tecla, quitándole el cepillo a la que apenas acariciaba el cabello de nuestra señora. El brío que la monja puso en ello casi partió el cuello de Mamoreta, pero ésta no se quejaría:
—¿A qué viene esta tormenta? —preguntó, haciendo uso de la arrogancia de su padre.
—¡Largo, largo! —fueron los manotazos al aire de la religiosa que hacía de espantapájaros, que acaso me permitió quedar allí, casi al regazo de nuestra futura reina, porque en mis manos contuve abierto y con sabiduría, esta vez sí, un libro sagrado; su lectura debía respetarse... Que un preso lo leyese significaba que la horca debía esperar, y había quién lo pedía desde la mazmorras, el último día, para alargar su vida hasta que el sueño lo vencía y el tomo se le caía de las manos. Sólo así me salvé yo de unas bofetadas.
Y Bibietha acaso con el mismo par pasos en la estancia, inmóvil, con las manos cogidas. Su mirada penetrante... Era como si controlase a las otras dos mentalmente. Sin embargo, habló:
—El padre Viririsluca espera para daros clase, princesa —precisamente él... —Luego el almuerzo con sorpresa incluida y la fiesta, también cargada con una sorpresa para vos y el reino. Va a ser un día muy abusivo para el pasmo.
—¿Sorpresas? —dudó Mamoreta, odiosa como quien la hostigaba. —¿Desde cuándo en esta corte tan aburrida y matemática?
—Recta y honesta. Sin escándalos. Como debe ser... Y debe ser que la futura reina cumpla los horarios —exigió la nodriza. —Si la futura reina debe estar presta a que a las nueve y un minuto su señor la tome, ella debe tener el nido preparado para yacer. No olvidéis la servidumbre que os entrará a fuego. Las clases deben darse de forma estricta, como estricto es el almuerzo, máxime hoy, con ilustres invitados, y el pueblo os necesita. Debéis poner cara de acero o yo os la sacaré a palos... pero también debéis estar hermosa; el prójimo debe seguir de rodillas ante la futura reina, no lo olvide.
—Sé ser odiosa —le retó Mamoreta.
—No es sólo eso. Es un compendio imposible... Debéis ser dura y piadosa a la vez... Debéis antojar deseo y respeto al mismo tiempo. Es un estadio imposible y difícil de mantener, acaso sólo posible a través de la suerte, la providencia, el cielo... Debéis rendir al pueblo con esas dotes o duraréis bien poco en este mundo siniestro.
Muchas palabras acaso inconexas con una mente en otros lares del deber humano o inmortal de un monarca, como era la mente de Mamoreta. Ella en realidad sólo desearía ser la esposa de un granjero, con el que poder hacer; aún no sospechaba que el mismo honor todos los días cansa, y que acabaría buscando al mercader al que su esposo vendiera el grano.
Por dejarse hacer, y desear dejarse hacer, por ahora mi princesa se tenía que conformar con que, ante la atenta mirada de Bibietha Antaya, aquellas dos monjas le examinaran la vagina en busca de una inmundicia. Era poco, y malo. Acaso sólo un tacto en frío... Pero la excusa perfecta para que mi señora siguiera intuyendo que la vida estaba ahí abajo, donde le ardía el bajo vientre. Ni so fuera así, ¿por qué quiénes la instruían en la vida le daban tanta importancia a una membrana?
Capítulo cuarto
Quizá no hacía falta buscar a un bruto para que yaciera con la doncella más hermosa de la corte, con la irresoluta Bobera Leinata. Mi señora tenía ese deseo metido entre ceja y ceja, por el cual la había visto jugando con sus dedos pegados a la boca, un trajín que declaraba un sinfín de idas y venidas de profundas buenas y malas ideas en la planificación de ese mal. Y supe que lo había visto claro cuando dibujó al padre Viririsluca entrando a la biblioteca, recibiendo nuestra reverencia y para clavar sus ojos en aquellos senos tan bonitos. Los tenía enfrente y a su juicio a todos, a pares y juntas muecas, como un graderío de sandías; éramos seis las mujeres que se le brindaban... incluso mi falso pezón. Hubiera podido recalar en todos ellos sus pupilas, pero sólo lo hizo sobre los de Bobera.
Luego la nodriza le besó la mano, la última de todas, en el silencio más absurdo que existiera:
—Mi señora... —fue la leve reverencia del padre a nuestra princesa. Por tanto, miento, puesto que Mamoreta hubiera tenido que ser la última en darle el beso, pero no lo hizo. Contuvo aquella mano que se le ofrecía, sabedora de que aquel hombre no era más que su categoría y que podía negarle el homenaje; lo veía pecando en sueños con Bobera, por eso que estuviera distraída. Acaso la despertó que los dos monaguillos que siempre rondaban al religioso se inclinaran en una larga reverencia, escuálidos quinceañeros de pieles sin tono alguno de tanto encierro sacando brillo a la plata de los frailes. No eran hombres, dictaba mi futura reina. No eran sino títeres inmundos sin gracia alguna, con la única cualidad de evacuar orín por sus inútiles atributos de varón. En cambio, Viririsluca no tenía ese aire tonto, humilde... Era otro cura gordo bien alimentado. Quizá como un queso de bola, con el pecho y la barriga de una sola pieza. Sudoroso, hiciese o no calor, buena calva y pelo blanco con desparpajo, aunque la mayor burla que se le pudiera hacer a Bobera Leinata eran aquellos ojos sátiros que a menos fortuna que un perro callejero parecían conformarse con el cariño y las caricias a aquellos dos desgraciados que le hacían compañía, empero se desbocaban al ver bonitas formas de mujer. —Mi señora... —se repitió el religioso.
—Padre... Siempre es un placer tenerle entre nosotras —fue el protocolo de mi princesa. —Agradecemos como siempre que comparta su sabiduría en esta corte.
—¡Sentaos, señoritas! —volvió a dar las palmas Bibietha Antaya, a lo que cada una de nosotras buscó lugar en los siete divanes de la sala, empero mantuvimos el gesto en sólo un ademán hasta que Mamoreta tomó asiento definitivamente. Jugaban los abanicos más por hacer algo que por el calor, que no lo había; cada año se terminaba y aquel religioso no traía ninguna sorpresa. Una y otra vez los mismos pasajes sagrados, que ya conocíamos de memoria y que quizá se empeñaban en metérnoslos tanto en la sesera que hasta acabaríamos odiándolos... o tal vez rememorándolos en los peores momentos de nuestra vida.
Sin embargo, el padre Viririsluca no traía entre manos un capítulo conocido. Hablaría de Dios, por supuesto, pero volcado en una trama que hasta entonces no había tocado: las mujeres, en concreto la sumisa esposa de los hombres, de un caballero para ser exactos, con sentido a la incipiente madurez y total desarrollo de nuestra futura reina.
—Hoy siento adentrarme demasiado en los entresijos de la parte femenina de nuestro mundo —empezó a decir el religioso—, y pido al Señor que comprenda las estridencias de mi lengua en estos menesteres. La correcta conducta y el máximo respeto a la doctrina del Santo Padre me anima a ello, y prefiero confesarme después que permitir que nuestra futura reina obre en contra de los deseos divinos.
—Adelante, padre —asintió Mamoreta, por única vez en la vida quizá interesada de escuchar al fraile. —Tiene mi permiso para excederse —se corroboró.
—Ni más ni menos de lo necesario... Alteza... —dudó, no obstante, no sabiendo cómo empezar. Al fin aclaró sus ideas: —Conocéis Las Memorias de nuestras Santas Escrituras. En ellas se habla del comienzo de los tiempos, cuando nuestro Señor engendró una mujer a partir de las estrellas para que de ella naciera la tierra, el agua, el cielo y el fuego. Fue entonces cuando nuestro Divino Padre yació con su creación para generar al primer hombre, hijo directo de Él, momento en que la única mujer existente quedó dañada... herida... Había parido todo cuanto existe, con dolores inimaginables y un casi infinito parto...
Mamoreta no podía más que entrecerrar los ojos de dudas al escuchar siempre aquella misma cantinela. Porque había oído los gritos de las parturientas de palacio provenientes de las estancias de la servidumbre, así como mis descripciones de ese difícil momento. Mi reina entendía entonces que no todo cuanto toca y excede una vagina es sinónimo de placer, como alguna vez quiso rebatirme. Sólo aquellos gritos la metieron en razón para entender que había un límite al tamaño, por mucha fantasía que le hubiera echado ya a sus locuras pensando en cohabitar con ogros y cíclopes. Inclusive que expulsar debía ser peor que absorber, que recibir... ¿Cómo habían salido de aquella otra vagina, pues, las piedras, la arena, el océano...? Muy ancha debió ser aquella mujer, la primera... esa que en las Escrituras no tenía ni nombre, sino esencia.
—Princesa... se acerca la hora de iniciar el camino para el que la providencia os ha elegido —prosiguió Viririsluca. —El reino pedirá de vos una reina, y para gobernar necesitaréis desposaros con un noble.
—Aún no está claro si llegaré a ser reina, padre —negó Mamoreta.
—Por desgracia vuestra madre no ha podido dar al rey un varón. Seis perdió hasta que nacisteis vos, Alteza —y de callarse era las dos hijas que había tenido el monarca con otras concubinas, que fueron rápidamente alejadas del reino en cuanto todo salió mal, si acaso hubieran tenido la osadía de perjurar lo que sería considerado semejante calumnia. De ese detalle no sabía nada Mamoreta, y seguramente nadie de la corte. Sólo mis prestos oídos habían llegado a saber de ello, por cuanto el rey dispuso su semen sobre ambas plebeyas en una lejana granja, custodiada por sus mejores y más leales hombres. Así, al tiempo que la reina se embarazaba en vano, aquéllas tenían sendos retoños que terminaron por no complacer al rey ni las necesidades del reino, menesteres vinculados a una heredero varón. —El rey puede morir en combate, por lo que quizá no podría engendrar aún un sucesor. Inclusive si lo engendrara ahora tardaría diez años en prosperar lo suficiente como para ser coronado, tiempo en que Su Alteza ostentaría el poder como reina. Es una posibilidad que hay que tener en cuenta. Debéis estar preparada para ello. Y, repito, ya es hora —el fraile carraspeó, pues se le habían ido los ojos al escote de Bobera. —Pero no me corresponde a mí encaminaros en tramas políticas. Mi enseñanza se basa en hacer de Su Alteza una correcta esposa.
...Y el fraile debía callarse que la diócesis había decidido que con urgencia había que rectificar o diluir las ansias sexuales de la futura reina, que poco a poco iba convirtiéndose en mujer y sería tentada por mil demonios. De hecho tenían noticias de la mirada lasciva de la joven, tentada por un bajo vientre que en breve sería fértil.
Otra vez Viririsluca tuvo que hacer volar sus ojos a otro lugar que no fueran los senos de Bobera, y ya iban dos veces seguidas. Y todo el flujo de atenciones que traían aquellos pechos, acaso como si tuvieran una marca tan llamativa como mi falso pezón. En realidad, apenas un diminuto pero bien pardo lunar salpicaba una de las dos esferas, que debía convertirse seguramente en el centro del Universo para el fraile.
Éste no pudo adecuar más sus palabras al sufrimiento que llevaba dentro:
—Bien es sabido que la malicia y el morbo fue a caer al cuerpo de la mujer. Ésta posee el poder de hechizar a los hombres y hacerlos indecentes. Y nuestro Dios habla claramente del complemento del hombre... parte de su rebaño, incluso... pero asimismo en algunas ocasiones de una plaga. Porque para bien o para mal, hasta nuestros reinos enemigos están formados por hombres nacidos de una mujer. Los miserables nacen de una mujer... Los asesinos, los corruptos, los morbosos... La mujer transmite al hombre todas esas penalidades del ser humano. Ella es lo único que lo vuelca en este mundo —aquel discurso ya lo habíamos oído en misa. El padre Heinola de Sigena era un especialista en ese tema. —Con el legado divino del semen, el hombre permite la transmisión de la vida, como la antorcha del sereno que va pasando el fuego de casa en casa. Sin embargo, la mujer lo llama con su poderosa atracción, tentando que éste se use donde no se deba para el nacimiento de bastardos e indeseables. Inclusive propone malgastarlo, en prácticas dantescas practicadas por algunas rameras. Por ello, Alteza, lo primero que debe entender es el poder de hechizo que posee en su figura, en su mirada, en su ser... Debe saber controlar esa furia que le ha otorgado Dios, que seguro pondrá a hermanos de cuna a combatir a muerte por poseerla.
Algunas miradas cayeron sobre mi princesa, pero sus ojos empezaban a encolerizarse y ya nadie quiso arriesgarse a intercambiarla con ella; no era momento de buenos recuerdos y no era sensato que una mala mueca de nadie fuese relacionada siempre con aquella angustia.
Por fortuna, Bobera Leinata respiraba exaltada, nerviosa. Las palabras del religioso la tenían muerta de miedo. En ello, aquel pecho subía y bajaba como una maldición, haciendo que el fraile se volcase aún más en ella. Inclusive, al ser delatado, las dos monjas compaña de nuestra nodriza intercambiaron miradas. Bibietha Antaya tenía el rostro fruncido.
—Caerá a vuestros pies un noble que os desposará. Ese será nuestro rey, un consorte que bien podría traer la paz con reinos hostiles, mayores riquezas o la ampliación de nuestras fronteras. Y no tendrá la sangre real de La Gragria, por supuesto, por lo que no podrá gobernar por encima de vuestra autoridad; sólo el hijo de ambos podrá hacerlo. Sin embargo, en todo momento Su Alteza será mujer y esposa. Eso no cambiará nunca. Eso debe perdurar y seguir inalterable. Y la esposa, por encima de todo, se debe al hombre que yace con ella bajo la atenta mirada de Dios, en legítima unión. El fin de procrear es ese momento... y para nada más. El resto, si vuestro marido desea pecar, quizá tentado de hembras, debéis entender que sois reina, no ramera. Ese desdén y, sin embargo, privilegio, será turno de las todas otras mujeres del mundo que cobran por aplacar los malos hechizos femeninos. Recordarlo. Y recordadlo bien cuando la mente de vuestro marido se turbe tanto que quiera cohabitar con Su Alteza de forma pecaminosa, sin intenciones de generar un heredero.
Los abanicos sí que tenían su función. A alguna que otra de nosotras nos estaban bajando los calores.
—Debéis negarle entonces. Debéis entenderle y que suelte el mal que lleva dentro en otro lugar.
El padre se tomó apenas un descanso, momento en que nos percatamos que sus dos monaguillos apenas miraban el suelo. Si acaso fueran soldados, seguro que nuestros senos serían devorados con la vista. En el caso de aquellos dos, ¿acaso siendo ya unos pequeños varones no sentían ni el más mínimo deseo?
De ese ardor habló, pues, Viririsluca:
—Recordar asimismo que no podéis sentir placer. Es la comunión del diablo del hombre con el diablo de la mujer. Debéis evitarlo. No penséis en el arrebato de vuestro bajo vientre, sino distraed la atención hacia otros lugares de la mente. Pensad en cosas mundanas y estériles mientras vuestro esposo os penetra, evitando así que el mal se exprese a través de vuestros labios.
“No toquéis jamás el miembro de vuestro esposo. Es la carne dada por Dios a él, y él debe entenderla y usarla. Si acaso os intenta penetrar por donde no es, si acaso no es aún un diestro amante, no la apartéis con desdén, pues debéis venerarla. Hacédselo saber con un pellizco en el cuello, quizá. Y no la mentéis, y sugiráis hablar de ella; es sucia es vuestra boca, no lo olvidéis. Lo es incluso de palabra, aún cuando no uséis su nombre propio, pero os refiráis a ella en parábola”.
“No podéis yacer cuando sangréis, pues es la pequeña tregua de todo el mal que lleváis dentro. Intentáis expulsar al demonio, pero no va a salir jamás. Acaso os despojaréis de él unos días, pero nos serán suficientes. No permitáis que esa sangre caiga sobre vuestro esposo, ni que huela esa peste a muerte. Pedid un alejamiento comedido, acaso haciéndole entender que estáis impura”.
“Jamás deseéis a otro hombre, pues estaríais cayendo al pecado y deseo del Diablo. Porque debéis entender que vuestro amor por los hombres, vuestros cambios de humor, vuestras profundas etapas de melancolía espontánea... todo se debe a esa mal que os corroe, que posee sus propios ciclos. Bien es sabido que la mujer no tiene la libertad de pensamiento del hombre, sino que está supeditada a los deseos de ese horror. No finjáis amar como los hombres, sino yacer, engendrad y criad a vuestra prole. Ese es el cometido de la mujer y de la esposa”.
Capítulo quinto
Nuestro rey sí que era hermoso. Trataba de un hombre fuerte, aguerrido, con las manos como mazas y una cabeza tosca. Toda la masculinidad del mundo. Sin embargo, su mujer, la reina, nuestra reina y la madre de Mamoreta Liyena, trataba de una mujercita de poca consideración. No había guardas para ella si acaso por su vida, porque pocos desgraciados podrían desearla. Incluso se bromeaba en las afueras, para tentar que el rey mandara cortar cabezas por esos pueblos de Dios, que el monarca dilataba sus cruzadas tanto tiempo para eximirse de sus obligaciones de cama. O muy buena amante debía ser aquel palillo para que su señor perdiera la cabeza una vez, por cuando se desposó. Mucho misterio encerraba aquella cama... con un oso pardo, bien furioso, y apenas una mujer riachuelo de susurrante voz.
Quizá aquella pena de su mirada rota y caída se fundamentaba en su torpe vientre. Porque seis herederos murieron en él, en su mal cobijo. Seis hermanos de mi princesa que nunca llegaron, hasta que tuvo que ser la osada amiga mía la que sobreviviese en tan malas condiciones, entre lo estéril, quizá con tantas ganas de sexo, de vivir la vida como fuese, que ni la podredumbre pudo con ella. Raro bicho, nacido de, quien como decía, lucía una figura de brizna de hierba, una cara de óvalo siempre inexpresiva y apenas un pelo hermoso, como seda, pero siempre recatado en pañuelos blancos... sin corona ni ganas de presumir joyas, escote o colores.
Sí, definitivamente, aquella señora guardaba un eterno luto por sí misma y por las criaturas no nacidas, así como seguro que un don de cama arrollador para que nuestro rey, y me repito sino por no pretender tocar semejante saco de huesos, la evitaba años acaso para escapar de los pecados que relatara Viririsluca y por ellos no enojar a Dios todas las noches derrochando semen. Tarea que asimismo labraría la caída en picado al infierno en cacerías, excursiones, baños, torreones y desvanes. Acaso hasta el pajar.
Era fiesta. La fiesta del reino. La conmemoración de la expulsión de los sondomalios, de la reserva de nuestras tierras. Luego de las cosechas, todo junto, y sobretodo ganas de acudir a misa por la mañana y beber por la tarde y la noche. La ciudad se vestiría de colores... de gentuza, incluso... Mamoreta de bonitas galas, con un collar de esmeraldas que daría buena vida a miles de familias durante varias generaciones. Una graciosa sombrilla de la que colgaban florecillas de tela hechas a mano por las viejas costureras y un peinado nuevo, inédito, de tirabuzones revueltos, pero asimismo recogidos en dos atrevidos moños a los lados de la cabeza. Un sombrero con una especie de grulla remataba aquella locura. Y no era ostentación con deseo de alterar el orden, sino acaso más bien de desacierto.
Yo fui engalanada con uno de mis mejores trajes, aquellos que le sobraran a la reina tiempo ha y que iban recalando donde las segundas de palacio. Celeste, como el cielo que quizá nunca pisaré.