COÑOS Y BARRO
Madame de la Rondelle
SMASHWORDS EDITION
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PUBLISHED BY:
Karibdis on Smashwords
COÑOS Y BARRO
Copyright 2011 by Madame de la Rondelle
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CAPÍTULO 1
Bajo la escasa sombra de un raquítico arbolucho, Sarah esperaba a su amiga Anne a la hora acordada. Todas las tardes quedaban a las cinco en punto a tomar su café de rigor. Era principios de junio, pero el calor insoportable ya hincaba el diente en aquel pueblo de mala muerte. Al fin se aproximó una figura esbelta, una belleza típicamente española, de exuberantes pechos, pelo negro azabache que le llegaba a la cintura, piel bronceada y curvas peligrosas.
Cuando se vieron, se saludaron con gesto vago y ambas se dirigieron a la cafetería de costumbre, arrastrándose bajo aquella canícula que manaba directamente de los infiernos cual fantasmas de una aldea abandonada. Llegadas a una terracita destartalada por el abandono y la dejadez del dueño, además de la falta de recursos económicos, saludaron al camarero. A pesar de que no sabían su nombre, conocían perfectamente al potranco choni con aires de semental descontrolado que les servía el café.
—Buenas tardes. —Se limitaron a decir.
—Buenas tardes. —El camarero se subió el puente de las gafas con un dedo para darse un aire seductor y se dispuso a preparar los cafés. No necesitaban decirle qué deseaban, siempre pedían lo mismo: un café solo y un café cortado.
Una vez tuvieron su taza de café humeante (esta vez con hielo) ante ellas y pudieron saborear los primeros aromas, volvieron a la vida y se enzarzaron en la misma conversación apática y sin sentido de siempre.
—Bueno, ¿cómo va la búsqueda de trabajo? ¿Has encontrado algo? —preguntó Anne.
—Nada de nada. No me llaman ni para barrer calles —respondió Sarah.
—Esta situación es deprimente. Ayer dejé el currículo en una agencia de transportes para trabajar de secretaria y me dijeron que estaba sobrecualificada. En la vida hubiese imaginado un país donde te tengas que sentir avergonzada por tus estudios.
—Bienvenida a España, el país de la pandereta, olé y olé —le replicó Sarah con sarcasmo—. Aquí si no se la mamas al jefe nunca vas a tener trabajo.
—La típica frase de “si te doy trabajo me comes lo de abajo”. Lo malo es que nunca tengo la oportunidad ni de entrevistarme con el jefe. Siempre hay alguna arpía malévola deseando romper mi currículo cuando me doy la vuelta. De lo contrario, sacaría mis armas de mujer fatal y ya hubiera pegado un braguetazo.
—Pues con las braguetas que has abierto, alguna debería haber sonado. —La carcajada de Sarah hizo eco en la terraza desierta.
—En serio, tenemos que hacer algo. Estoy desesperada, no puedo más. Desde que acabamos la carrera de Trabajo Social no hemos encontrado ningún trabajo y de eso hace meses y meses.
—Como no laves coches con pose sexy, como en las películas americanas...
—Bueno, si sacamos algo de dinero, ¿por qué no? —Anne obvió el tono irónico de Sarah para centrarse en aquella idea.
—¿Tú estás loca o qué?
—No estoy loca, estoy desesperada. Venga, hazlo por mí, necesito hacer algo, lo que sea, con tal de no verme como un despojo de la sociedad.
—No me puedo creer que me pidas eso. ¡Lo que hay que hacer por los amigos!
—Mira, probamos el sábado y si no sacamos pasta, es que no valemos ni para eso y ya dejo de insistir en montar nuestros propios negocios.
—Solo se te ocurren ideas descabelladas. Pero, bueno, al menos algún día nos reiremos de esto. Eso espero, porque la opción es que se lo cuente a un psiquiatra cuando me encierren en un manicomio.
—Ya verás qué bien lo pasamos. —Anne le hizo un guiño que pretendía ser sensual y provocativo, aunque se quedó en el intento.
CAPÍTULO 2
El sábado se presentaron en el descampado acordado con su atuendo de limpieza. Ambas quedaron en ponerse un bikini, el más pequeño que tuvieran, una faldita plisada bien corta y una camisa blanca. La camisa blanca tenía que formar un nudo bajo sus enormes atributos para realzarlos y, cuando estuvieran en pleno movimiento, rebotaran cual dos gigantes pelotas de playa ante el embate de las olas. Aquella estética les aseguraría un gran éxito entre los paletos salidos del pueblo.
Durante la semana habían hecho propaganda por todos los locales conocidos y, como era un lugar tan pequeño, los cotillas y las noticias volaban como la pólvora. Estaban seguras de que todos los encefalogramas planos caerían en su trampa y, por fin, conseguirían algo de dinero.
El panorama se presentó mucho más alentador de lo que esperaban en realidad. A las diez de la mañana había una larga cola de gordos babosos con esposa e hijos que iban todos los domingos a misa a hacerse los santurrones y olvidar sus excesos, como cura milagrosa del vicio. Entre los posibles clientes también se hallaban todos los bakalas, canis, chanclis y el resto de morralla tatuada que llevaban la cabeza tintada. Más que un lavado de bajos, aquello parecía una convención de peliteñidas de Schwarzkopf. Claro que ellas siempre habían pensado que el pueblo era la capital mundial de los tiñosos.
Se pusieron manos a la obra. Del grifo de un colegio cercano consiguieron sacar una manguera con agua para su singular propósito. El principio debía ser impactante, por lo que Anne tomó la palabra:
—¡Queda oficialmente inaugurado el lavado de coches sabatino! —vociferó para que la oyera aquella horda de salvajes.
Anne abrió el grifo de la manguera y roció de arriba a abajo a Sarah hasta empaparla por completo. En un instante se le pegó la camisa al bikini, marcando descaradamente sus pezones enhiestos como dos dedos acusadores. La muchedumbre rugió como un dragón irritado, suplicando a gritos todo el sexo que necesitaban. Entre los gritos simiescos y siniestros se podían oír verdaderas barbaridades, fruto de la lascivia y de la falta de riego sanguíneo en el cerebro.
Conforme iban limpiando los coches se fueron calmando los ánimos. El cliente de turno se apabullaba ante aquellas dos bellezas y solo se atrevía a hacer alguna puya un poco picarona, pero su osadía no pasaba de ahí. Ellas, en su afán de echar más troncos a un fuego ardiente, se rozaban los pezones una a otra, frotaban los coches con posturas muy sugerentes y explícitas e incluso se lamían el cuello o se besaban directamente en la boca. Más de uno se fue con los pantalones empapados.
Cuando terminaron y empezaron a recoger, un tipo seboso se les aproximó. Al parecer había observado todo el espectáculo y esperó pacientemente hasta el final de la función. El hombre en cuestión llevaba un atuendo ridículo. Vestía como un vaquero del lejano oeste, con sombrero incluido, pero con un sobrepeso más que evidente.
—Buenas tardes, señoritas —las saludó mientras se acercaba.
—Buenas tardes —respondieron al unísono.
—¿Qué os parecería tener un trabajo en el que solo tenéis que estar una hora al día, pero no todos los días, con un buen salario y extras para ropa y peluquería, además de viajar por toda España?
—Me parecería de lo mejor —replicó Sarah—, aunque seguro que hay alguna pega. Y tiene que ser bien gorda.
—No, aquí lo único gordo que hay lo escondo en los pantalones. —Además de gordo, se creía gracioso.
Sarah lo miró con cara de asesina, de modo que Anne tuvo que entrometerse en la conversación para apaciguar los ánimos.
—¿Qué deberíamos hacer en ese trabajo tan maravilloso?
—Nada, solo ser unas chicas que pelean en el barro.
—¿Acaso tiene un circo? —Sarah se carcajeó de aquella propuesta, ya que no daba crédito a sus oídos.
—Señoritas, este ofrecimiento es serio. Soy coordinador de las ferias agropecuarias españolas y me dedico a amenizar los eventos con algún numerito subido de tono de vez en cuando. He visto que valéis mucho para el espectáculo, de modo que sería una gran ventaja llevar a dos hermosas damas para aumentar las ventas y atraer nuevos clientes.
—Por favor, pero qué idea más machista y retrógrada —comentó Anne.
—Puede ser... Sin embargo, mueve muchísimo dinero. En dos meses podríais ganar más dinero del que veréis en toda vuestra vida si os quedáis en este pueblo de mala muerte. Aquí no hay nada para vosotras, no tenéis ninguna oportunidad. —Anne y Sarah lo miraron hoscamente—. De todas formas, podéis pensarlo. Por cierto, me llamo Cleodomiro y soy un empresario que trata muy bien a sus empleados. —Les tendió una tarjeta de visita con un aspecto bastante profesional—. Si queréis más detalles de la oferta o aceptáis las condiciones, llamadme. Buenas tardes, señoritas.